¿Cuál es la casa perfecta? - Mil y una casas
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Nuestra casa es una extensión de nosotros mismos, nuestro particular lienzo en blanco.

En el mejor de los casos, ésta se acaba convirtiendo en nuestra pequeña obra de arte: una pieza en la que pasamos horas y horas decidiendo desde el color de las cortinas, hasta las flores de la mesa del salón (con sus particulares dilemas: ¿naturales o artificiales?)

Pero hay mucho más

En ella dibujamos y plasmamos nuestros sueños, nuestras ideas y sobre todo nuestras expectativas presentes y futuras.

El lugar al que queremos volver, día sí, día también, para desconectar del mundo y entrar en nuestra propia burbuja.

Un espacio dónde cada instante se saborea de forma distinta.

Y aquí es dónde se abre la eterna cuestión: ¿cómo debe ser este espacio para que se convierta, realmente, en un oasis en mitad del ajetreo diario?

En palabras de Le Corbusier la casa tiene que ser “una máquina para vivir”.

Para este arquitecto francés, de origen suizo, la casa era ese lugar en el que todo cumplía una función eficazmente. Más que una casa, era más bien un producto, que se podía construir en serie y que era válido para cualquier tipo de familia.

En 1925, en la Exposición Universal de Paris, Le Corbusier creó su propio pabellón bajo esta idea: Esprit Nouveau. El edificio tenía forma rectangular y era completamente blanco en su exterior. En el interior, las paredes blancas contrastaban con el azul oscuro del techo y con la escalera hecha de tubos de acero que subrayaba su estilo industrial. Pero lo que despertó más curiosidad entre los visitantes fueron los espacios internos: la cocina, por ejemplo, era el especio más pequeño de la casa; mientras que el baño era casi tan grande como la sala de estar y podía usarse a la vez como gimnasio.

En las construcciones de hoy en día, con diseños de cocinas amplias e integradas con el salón, esta idea nos parecería un poco absurda, ¿verdad?

Algo muy distinto de lo que se promovió años más tarde, con la arquitectura orgánica.

Antoni Gaudí y Frank Lloyd Wright fueron dos de sus máximos referentes.

Este último, precisamente, construyó la que dicen ser una de las casas más bonitas del mundo:  la Casa de la Cascada (1935, Pennsylvania, Estados Unidos).

Lloyd rompió radicalmente con la idea de casas cuadradas, como apostaba Le Corbusier y se decantó por edificaciones que se fusionaban con la naturaleza y el entorno.

Básicamente, lo que hace distinta a esta casa de cualquier otra es que está construida parcialmente encima de una cascada.  Lloyd buscaba, sin lugar a duda, una harmonía entre lo interior y lo exterior; entre naturaleza e individuo. Desde 1964, la casa se abrió al público y hoy sigue siendo parada obligatoria para los amantes de la arquitectura.

A diferencia de la anterior, la sala de estar es el espacio más grande de toda la casa. Las paredes de la sala tienen partes de mampostería de piedra del lugar. La casa, que cuenta con tres plantas, ofrece varios espacios abiertos y terrazas para salir al exterior y fundirse con el ambiente idílico entre los árboles y el sonido de la cascada de fondo.

Pero volvamos a lo puramente práctico.

Seguramente, no existe la casa perfecta como tal, pues cada persona tiene unas necesidades completamente distintas a las de sus vecinos. Si no, fijémonos cómo en un mismo bloque de vecinos, cada persona tiene su casa decorada de un modo singular y único a pesar de tener el mismo espacio.

Todos queremos diferenciarnos. Todos queremos sentir que ese espacio es, exclusivamente, nuestro. Hecho por y para nosotros.

Sin embargo, sí existen ciertos criterios que, quién más o quién menos, busca en una casa:

La distribución de los espacios:

evidentemente, en nuestra mano no siempre está la posibilidad de cambiar la distribución de un espacio o de una habitación. Pero sí podemos jugar con los muebles para que la organización de éstos se preste a crear un ambiente cálido y acogedor.

¿Quién no ha recolocado, alguna vez, un mueble de una pared a otra y la habitación ha cambiado de la noche a la mañana?

 La luz:

en la medida de lo posible, la luz natural es un factor determinante. Es una fuente de bienestar y, además, de eficiencia energética. No solo nos ayuda a estar más activos dentro de casa, sino que irradia calidez, vida y frescura a cualquier habitación.

Aislamiento:

¿oímos a nuestros vecinos cuando encienden la televisión?, ¿o bien el ruido del tráfico por la noche? Cuando hablamos de aislamiento, no solo debemos tener en cuenta la temperatura interior, sino también los ruidos que pueden filtrarse desde el exterior. Eso condicionará, y mucho, nuestra experiencia dentro del hogar.

Materiales:

cada espacio de nuestra casa está hecha de un material. No es lo mismo, por ejemplo, utilizar madera en la cocina que aluminio o mármol. Estos pequeños detalles pueden ayudarnos a crear un espacio más agradable a nuestros cinco sentidos. Prioriza, siempre, aquellos que eleven tu estado de ánimo.

Propuesta práctica:

Céntrate en un espacio de tu casa, el que tú quieras.

Observa qué muebles tienes y anótalos, si quieres, en una lista. Luego, señala cuál es el mueble que crees que es el elemento central de la habitación. Por ejemplo, en un despacho, podría ser una mesa de estudio; una estantería; un cuadro, etc. En un salón, una alfombra, la televisión, el sofá, etc. No tiene por qué ser un elemento “obvio”, sino aquél que centre tu atención cuando entras en la habitación.

Ahora, piensa cómo puedes mejorar el espacio, para que el resto de los muebles juegue a favor de ese objeto central.

Imagina, por ejemplo, que escogemos el despacho de la foto y, en concreto, la mesa de estudio.

¿Qué podemos hacer, con los objetos que hay alrededor, para potenciar ese elemento?

Seguramente, podríamos reducir el volumen de objetos para no tener una sensación de desorden cada vez que estamos trabajando. Quizás, añadiendo una pequeña alfombra en el suelo, para darle calidez. O colocando la mesa bajo la ventana para tener unas maravillosas vistas.

¿Te animas a hacer lo mismo?